Cuando usted muere: ¿Qué pasa con su rastro en la web?

Anónimo dice…

“¿Adónde has ido John Di Maggio?” – Paul Simon.

¡Ninguna entrada ni tuit desde hace dos días!

Espero que todo ande bien ¿Tal vez sólo estés concentrado en tu libro?

El libro al que se refería este comentario era The cryptoterrestrials, el tercero que estaba escribiendo Mac Tonnies antes de fallecer súbitamente, dos días antes, debido a una arritmia cardiaca. Su nueva reflexión sobre los extraterrestres sería publicada póstumamente, cinco meses después de su deceso. Cuando murió, el 18 de octubre de 2009, se encontraba solo en su apartamento, en Kansas City, su cuerpo fue descubierto cuatro días después.

A Tonnies le interesaban la futurología y los temas paranormales. Además de escribir libros, alimentaba diariamente su blog: Posthuman Blues. Tras su muerte, su última entrada, titulada Triptych #15, se transformó rápidamente en una especie de muro conmemorativo, al cual acudía su comunidad de lectores para lamentar su pérdida y expresarle afecto, “pero como nadie tenía la contraseña de su blog, en dos semanas empezó a llenarse de comentarios no deseados sobre viagra y extensión del pene, lo cual era una cosa terrible para este hermoso homenaje”, relata Adele McAlear, una canadiense experta en mercadeo, fundadora de la página DeathAndDigitalLegacy.com, en la que desde 2007 explora la relación entre muerte, redes sociales y tecnología.

Justin Ellsworth era un infante de marina norteamericano. En 2003 fue enviado a Irak, a la provincia de Al Anbar. Su misión era detectar y desactivar explosivos para proteger a sus compañeros. Ellsworth intercambiaba correos electrónicos con su padre John, tenía pensado hacer un álbum de recortes con ellos a su regreso. Los emails también les permitían intercambiar fotografías de puestas del sol, un interés que compartían. El 13 de noviembre de 2004, Justin perdió la vida desactivando un artefacto. Tras su funeral, su familia decidió recuperar los correos electrónicos que Ellsworth había recibido, querían hacer el álbum de recortes que él había previsto. Sin embargo, Yahoo!, su proveedor de emails, se negó aduciendo que sus términos y condiciones se lo impedían. Sólo después de una batalla judicial de 6 meses, John, el padre de Justin, recibió copias de los correos de su hijo.

Rick Stilwell falleció de un infarto mientras conducía el 11 de enero de 2013. Relata wistv.com que además de ser un apasionado de las redes sociales, a Stilwell le encantaba el café, de ahí el nombre que usaba en Twitter: @RickCaffeinated. Un día después de su muerte, sus amigos le organizaron un homenaje en su cafetería preferida: Jamestown Coffee. Fue mientras que su esposa Vicki se dirigía hacia allá y revisaba tanto quién estaba tuiteando como quién iba a asistir, que entró un tuit de su esposo que la dejó estupefacta.

Historias como las del bloguero Mac Tonnies, el tuitero Rick Stilwell y el infante de marina Justin Ellsworth, esta última descrita por Evan Carroll en su libro Your Digital Afterlife (2011), muestran que además de ser individuos de carne y hueso los seres humanos también son internautas. La gente está volcando parte de su vida a internet y en algunos casos se está forjando una identidad digital.

Tras una muerte física, es cada vez más frecuente que quede un rastro en la web y dicho coctel trae consigo nuevos inconvenientes, o sorpresas. Una economía que reposa en el espíritu emprendedor y una sociedad en buena medida

permeada por la tecnología han hecho de Estados Unidos el escenario propicio para abordar con mayor intensidad la relación entre muerte y presencia en la Web.

Desde hace algunos años las cartas manuscritas están siendo sustituidas por correos electrónicos, la música se está consumiendo en formatos digitales MP3 o MP4, los álbumes de fotos están siendo reemplazados por aplicaciones como Instagram y redes sociales tales como Facebook o Twitter, donde los usuarios las comparten. Ahí también dicen lo que piensan e interactúan con amigos y seguidores. Dropbox ha revolucionado la manera en que la información es almacenada, hoy es posible alojar archivos en la nube. Los vídeos ya no reposan en casetes, sino en servicios tales como Youtube o Vimeo. Las apuestas y los pagos también se han trasladado a Internet, Bwin o Paypal son un ejemplo de ello.

Ya en 2011, el diario británico The Telegraph publicaba los resultados de una investigación encargada por la firma Skrill-moneybookers, proveedor de pagos online, según la cual una persona promedio necesitaba recordar 10 contraseñas individuales al día.

En sus datos claves, Facebook dice contar con más de mil millones de usuarios mensuales activos a marzo de 2013. El pasado 29 de abril, el diario francés Le Figaro informaba que Instagram, adquirida por Mark Zuckerberg el año anterior, había superado los cien millones de usuarios activos y generaba mil comentarios por segundo así como cuarenta millones de fotos al día. La red de microblogging Twitter anunció en diciembre de 2012, a través de un tuit, que contaba con más de doscientos millones de usuarios mensuales activos. Más recientemente, el 2 de mayo, la red social de contactos profesionales Linkedin cumplió una década de existencia, y reportó más de doscientos veinticinco millones de usuarios registrados.

Tal como lo dice Evan Carroll en su libro, “hay una explosión de contenido en la Web y usted es parte de ello”.

¿Qué pasa con Facebook y Twitter cuando un internauta fallece y de alguna manera abandona lo que ahí ha publicado o escrito? ¿Puede una persona legar o eliminar los datos que tenga en dichas redes sociales y en Google?

CUANDO OTROS DECIDEN POR USTED

A diferencia de Twitter, donde queda abierta la posibilidad de una desactivación de la cuenta “debido a la inactividad prolongada de la misma”, un perfil de Facebook puede permanecer activo y generar algunas desavenencias para los familiares y amigos del internauta fallecido.

“Si la cuenta se deja tal como está, su perfil continúa estando en el motor de recomendaciones de Facebook”, señala McAlear. La red social puede sugerirle a sus contactos que se comuniquen de nuevo con él, a pesar de estar muerto, porque hace tiempo que no lo han hecho. También podrá aparecer con su foto en los perfiles de personas a las cuales les haya enviado solicitudes de amistad y que no le hayan contestado, o en la sección “personas que quizá conozcas”, de las cuentas de otros usuarios. En su propia biografía, “sus solicitudes de amistad continúan acumulándose porque nadie está respondiendo”, agrega McAlear. Pero aún peor es que los “me gusta” de esa persona fallecida puedan utilizarse con fines publicitarios, según los Términos y Condiciones de Facebook, tal como lo denunció el diario británico The Times el 25 de enero de 2013.

Dicha red social incorpora nombres y fotos de usuarios en publicidad que envía a sus contactos. “A Fulanito Pérez le gusta VisitPortugal”, puede aparecer, con foto y logo incluidos, en el perfil de cualquiera de los amigos o familiares de esta persona, si tras su muerte la cuenta permanece activa. “Más allá de cualquier ofensa que esto pueda causar, representa un intento desesperado por crear un modelo de negocio que antepone los ingresos publicitarios”, dijo al respecto Simon Davies, fundador de Privacy International,

una organización que defiende el derecho a la privacidad y lucha contra la intrusión de gobiernos y corporaciones en la vida privada de las personas, en declaraciones concedidas a The Times. Tras ser acusado de explotar a los muertos y reconocer que esto podía ocurrir, Facebook zanjó la polémica recordando que ello se podía evitar convirtiendo las cuentas en conmemorativas.

Las biografías conmemorativas no aparecen en la sección “personas que quizá conozcas”, ni en otras sugerencias. El contenido que el difunto haya compartido, como por ejemplo fotos y publicaciones, permanece en Facebook, y el público con el que las compartió puede seguir viéndolo.

“La política de Facebook es que ellos convierten una cuenta en conmemorativa si se les notifica que el titular de la misma ha fallecido. Ellos solicitan un formulario de su página que un amigo puede rellenar, un obituario es todo lo que necesita una persona para comunicar una muerte”, explica Carroll. Un perfil no sólo puede entonces vagar en Facebook como lo haría una botella en la inmensidad del océano, otros pueden transformar su biografía en una especie de lápida virtual, donde las flores son reemplazadas por cariñosos mensajes, que sólo podrán publicar sus contactos. Y aunque sea dispendioso conseguirlo, terceros, más precisamente representantes autorizados, también pueden obtener los contenidos de Facebook y Twitter de un difunto.

“Lo que me pasó a mí fue emocionarme al ver a una persona de 32 años que murió”, relata Oriol Torres, fundador de Second News, una empresa catalana que entre otras cosas se dedica a localizar y recuperar la memoria digital de un difunto, si sus familiares así lo desean y contratan el servicio. “A través de Facebook ves toda su vida, que acaba de tener una hija. Fue muy emotivo, claro que lo es, no estamos acostumbrados a trabajar con la muerte todo el día. Tienes la fecha en la que falleció esa persona y ves que días antes publicó algo con su hija. También te encuentras con mensajes recientes de sus amigos relacionados con la muerte de la persona y que dicen «te echamos mucho de menos», «que te vaya muy bien»”.

Torres es un joven emprendedor. El interior de su oficina es sobrio, imperan el rojo y el blanco y está ubicada en una especie de micro Silicon Valley en el corazón de Barcelona, a escasos metros de una de sus zonas más turísticas: la Sagrada Familia. Lewis & Carroll The Social Media Company y aQa Consulting 3.0, son algunos de sus vecinos de planta. El ambiente es distendido, es posible ver a alguna empleada de las oficinas contiguas caminar en medias por la zona común para ir al baño. Nada recuerda la muerte.

“Nosotros entregamos dos cosas: la memoria digital y un informe de búsqueda, lo entrega Mémora en un dispositivo usb”, sostiene Torres.

La funeraria es la que ofrece el servicio, cuyo precio es de 181,50 euros; luego les remite a las familias. Second News es quien se encarga de contactar a las redes sociales para recuperar los datos del difunto. “Este es el informe para que el cliente se pueda guiar un poco para abrir esta carpeta, que es la memoria digital. Y aquí pues tiene fotografías, textos, vídeos. Esta persona tenía muchas cosas en Facebook, hemos intentado respetar el nombre de los álbumes que ella misma puso. No hay selección, son todas las que puso. Si hubiese tenido Twitter, estaría aquí adentro, blog, estaría aquí adentro”, agrega Torres mientras manipula los distintos archivos en la pantalla de su ordenador. Según él, las familias contratan el servicio para recuperar recuerdos de su ser querido, tal como lo hacen con cualquier otra pertenencia, pero también para “cancelar toda la información y no dejar ningún rastro”, añade Eduard Vidal, director general de Mémora en Barcelona.

Aunque no es tan explícito como Facebook, quien anuncia que puede “atender las solicitudes de contenido de cuentas de personas fallecidas presentadas por un representante autorizado”, Twitter deja entrever que también lo hace. La red de microblogging cuenta con un procedimiento para que el familiar de un difunto pueda tramitar la desactivación de su cuenta, y para ello le solicita entre otras cosas una

declaración notarial firmada que incluya “la acción solicitada”, como por ejemplo desactivar la cuenta, con lo cual deja abierta la puerta a otro tipo de petición. “Si usted muere, sus herederos pueden solicitar que su cuenta sea cerrada, pero también pueden pedir un archivo con todos sus tuits públicos”, afirma Carroll.

CUANDO QUIERA LEGAR O BORRAR SUS DATOS

“Todo ha empezado con mi hermano, en 2009 él estaba trabajando en África, con los que buscan minas”, dice Frank Wannenwetsch. “Es médico y trabajaba con la ONU, iba a sitios peligrosos. Un día, antes de viajar a Somalia, vino con un papel diciéndome: «Oye, si me pasa algo quiero que envíes emails a estas personas». Así ha empezado la idea, luego ha evolucionado: ¿Qué pasa con mi blog? ¿Qué pasa con mis posesiones digitales?”, relata hoy Wannenwetsch, quien a partir de ese episodio fundó Netarius, un servicio online gestionado desde Mallorca, que permite a las personas, en vida, dejar instrucciones con respecto a sus activos digitales para cuando hayan fallecido.

A él, como a otros, conocer o vivir experiencias que hacen pensar en la muerte, lo condujeron a crear en 2009 un negocio a través del cual las personas pueden, por ejemplo, avisar que han muerto, legar datos de sus redes sociales e incluso cerrarlas.

Según Carroll, uno de los primeros en pensar en algo así fue Michael Krim, tras abordar en marzo de 1999 un vuelo Los Ángeles-Londres. Mientras sobrevolaba el océano Atlántico, las turbulencias sacudieron su avión y no pudo evitar pensar en la muerte. Seis meses después creó FinalThoughts.com, un servicio que permitía a los usuarios almacenar mensajes para ser enviados de manera póstuma, a través de correos electrónicos. Sin embargo, “era un poco temprano para el mercado”, sentencia el autor en Your Digital Afterlife.

Desde entonces, otras iniciativas han surgido. LegacyLocker.com, por ejemplo, un servicio online que se define a sí mismo como un “repositorio seguro para su propiedad digital, que garantiza a sus amigos y seres queridos acceso a sus activos digitales en caso de pérdida, muerte o incapacidad”. En 2008, también durante un vuelo, “Jeremy Toeman [su creador] tuvo tiempo de pensar en su familia y recordar las dificultades que tuvo un año antes para acceder a la cuenta de Hotmail de su abuela fallecida”, relata Carroll en su libro. Los anglosajones han sido los precursores, pero en España la idea también ha ido ganando adeptos.

“Normalmente entramos nosotros y ponemos de baja la cuenta”, explica Wannenwetsch. Una vez registrado, con el paquete “Netarius gratis”, el usuario puede depositar las contraseñas de hasta cinco cuentas de redes sociales que el servicio eliminará tras su deceso. Para actuar, Netarius requiere el certificado de defunción, por eso parte del procedimiento consiste en imprimir una carta a través de la página Netarius.com, “que se deja con los documentos importantes, las declaraciones de renta, esos papeles que los familiares miran”, agrega Wannenwetsch. El alemán cuenta con que los seres queridos del difunto encuentren la carta que prueba su relación contractual con Netarius y enseguida le entreguen el certificado de defunción que le permitirá cumplir con su última voluntad. “Ahí puedes incluso pedir que se recuperen los datos de Facebook y sean enviados a un email”, remata. Por 20 euros anuales o 120 euros que se pagan una sola vez, “Netarius Especial”, entre otras cosas, reúne los contenidos de Facebook y Twitter y transmite dicho legado si así lo ha definido el cliente. Ambas redes sociales permiten que sus usuarios descarguen sus datos y eliminen sus perfiles. Técnicamente, lo único que necesita un servicio como Netarius, son tanto las contraseñas de Facebook y Twitter como las de los correos electrónicos asociados.

“Hay una cosa muy curiosa, que además la gente no sabe mucho. Si tú no entras a tu cuenta de Bet and Win (Bwin), el dinero acumulado se lo quedan ellos. Sin embargo,

pasan dos meses y un servicio como el mío avisa a tus familiares y cualquiera de ellos se puede meter en la cuenta de Bwin, tomar el dinero y meterlo en sus propias cuentas”, sostiene David Fraj, fundador de TuHerenciaDigital.com, un servicio en apariencia igual al de Netarius, aunque creado hace tan sólo cuatro meses. Tras un periodo de inactividad en la cuenta, el sitio de apuestas Bwin empieza a deducir de ella una tasa de 5 euros mensuales. El legado digital no sólo es un asunto de blogs, redes sociales y archivos, en la web también hay dinero en juego.

El precio del servicio, 10 euros vitalicios, no es lo único que diferencia a TuHerenciaDigital.com de Netarius. Fraj permite que sus usuarios, una vez registrados, depositen sus contraseñas, pero para que sólo accedan a ellas los beneficiarios que el difunto haya señalado. Son ellos los que llevan a cabo la última voluntad de su ser querido fallecido. No es TuHerenciaDigital.com quien ingresa a las cuentas de Facebook o Twitter para descargar su contenido o desactivarlas. Pero aún más sorprendente es que Fraj no solicita certificado de defunción para iniciar el proceso que culmina, eventualmente, con la entrega de las contraseñas a los familiares del difunto. “El sistema es muy parecido al que tengo yo: básicamente te van mandando un correo cada cierto tiempo, yo lo hago cada quince días. Al cabo de no responder ciertos correos dan por entendido que no estás activo digitalmente, por así decirlo, y empieza el proceso de legar tus cuentas a las personas que quieras”, explica Fraj.

Su método reposa en un envío de correos electrónicos al cliente, quien cuenta con cinco semanas para demostrar que está activo —¿o vivo?—. Si no responde, sus beneficiarios podrán tener acceso a las contraseñas e instrucciones que él haya dejado en TuHerenciaDigital.com. Bajo este esquema es probable que unas vacaciones muy prolongadas, acompañadas de una desconexión total, no sean muy recomendables. Aunque no sea exactamente igual, para explicar su procedimiento Fraj no dudó en compararse con Google, el primer gran proveedor que les pregunta proactivamente a sus usuarios su última voluntad.

YourDigitalAfterlife_Cvr3_web

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